Hasta que te conocí
(Reproducir para una mejor experiencia inmersiva)
Antes de ese día no conocía realmente a la persona detrás, al ser que tenía como padre. Siempre siendo algo violento; tu simple presencia inundaba de miedo cada habitación, un enojo tuyo bastaba para que hicieras añicos una silla del comedor. Tal vez un poco narcisista, cada que te contradecían con alguna decisión, tú respuesta era una bofetada.
Alguien violento, exigente y cariñoso era la imagen que tenía de ti como padre. Hasta que, conforme fui creciendo, fui descubriendo más de tu ser.
Por mi parte, fue decepcionante darme cuenta que, la persona que me reprende y profesa valores en realidad, no los emplea, << de qué te sirve dar tantos sermones, si no los vas a seguir tú>>, era algo que siempre pensaba pero nunca decía por miedo a un nuevo golpe.
Jamás había escuchado un comentario homofóbico de tu parte, pero el día que descubriste mi homosexualidad en segundo de secundaria, te volviste la persona más cerrada y menos tolerante. Justo ahí, mientras tú me desconocías, yo te empezaba a conocer. En cada mirada que posabas sobre mí, irradiabas desprecio y vergüenza.
Era una tortura no entender por qué, si siempre fui un hijo sorprendente, desde el día que nací el doctor te dijo que era un bebé con un desarrollo físico inusual, fue la primera vez que te diste cuenta que era especial.
En preescolar, al tiempo que mis compañeros de clase coloreaban sus dibujos con colores incorrectos y mal hechos, yo respetaba los márgenes y sus colores correspondientes. Mientras intentaba corregir sus trabajos y ellos me molestaban por ello, terminaron por destruir los míos. Me llevaste al pediatra por recomendación de mi maestra y él te dijo que yo era un niño ACI, que mi aprendizaje iba más rápido a comparación de los demás niños de mi edad. Toda mi niñez y preadolescencia me la pasé aprendiendo algo nuevo, era muy curioso, tenía la necesidad de impresionarte para acaparar tu atención y tener tu validación.
Aún recuerdo la vez que gané el primer lugar en un concurso de oratoria en la primaria, un maestro notó mi habilidad para hablar en público y me propuso competir, pasé horas memorizando hojas llenas de texto y movimientos corporales para poder ganar, lo logré y fui seleccionado como el mejor en esa disciplina de toda la escuela, pasé a competir contra todas las escuelas de la región, ahí, me tuve que esforzar el doble ya que mis contrincantes eran muchos y de mayor edad. Aún así, gané el segundo lugar, al finalizar la competencia le pedí prestado su teléfono a mi profesor porque quise llamarte, eufórico te llamé y te conté mi gran hazaña, tú solo respondiste —Qué bueno, estoy ocupado—, Y colgaste. Llegué a casa aún emocionado, fuí directo a contarte todo, pero, ni te tomaste el tiempo de escucharme o siquiera ver mi diploma.
Para quinto de primaria desarrolle un gusto por la cocina, aprendí a hacer cosas básicas con ayuda de mi madre y mi abuela. Recordé unos tamales muy peculiares color rosa que había aprobado en algún lugar del sur de México que ahora mismo no recuerdo, los hice solo, y los compartí con mis compañeros de clase. Al contarte, tu reacción fue asimilarlo como una conducta femenina.
De nuevo al buscar un nuevo aprendizaje, Me enseñé a tejer y coser, pero tu respuesta fue la misma, lo asociaste con algo femenino y me prohibiste volver a hacerlo. Al escuchar esto, opté por aprender algo un poco más “varonil”, te pedí que me metieras a una escuela de artes marciales, accediste muy emocionado, pero no te duró mucho el gusto cuando te diste cuenta que no era bueno para pelear, así que me sacaste de esa escuela, diciéndole a todos que yo no aguantaba los chingazos. Cada aprendizaje obtenido era un claro recordatorio que tu primogénito tenía una habilidad para aprender, cosa que, cegado por los prejuicios, ignorabas.
Jamás llegué a casa con malas calificaciones y aún así, notaba una indiferencia de tu parte hacía mi. Mientras los demás niños de mi edad recibían reportes por peleas, yo seguía recibiendo invitaciones para participar en asambleas con números de poesía, canto, y concursos de oratoria, me preguntaba, ¿qué me falta?.
Cada oportunidad que tenía para aprender algo que te impresionara, la tomaba, porque yo veía un padre exitoso y proveedor y quería ser como él. Todo el esfuerzo que hice para que te sintieras orgulloso de todo lo que aprendí fue en vano.
Decirme “qué asco” mientras me veías a los ojos, fueron las palabras más punzantes que he recibido, esas dos palabras que entraron por mis oídos y aterrizaron directo en mi corazón, provocaron un estruendo en mi alma que dejó huella imborrable hasta el día de hoy.
Cada que madre se desahogaba conmigo contándome sobre tus infidelidades hacia ella e incluso hacia tu nueva esposa y las cosas que hacías con tus trabajadoras, golpeaba la figura de Padre ejemplar que tenía de ti. En el momento que ya no quedó nada de dicha figura, aquellas dos palabras que me traumatizaron, dieron la vuelta y se volvieron mi pensamiento de ti, La única diferencia era que yo jamás te lo hice saber de tan cruda manera.
Jamás había escuchado un “estoy orgulloso de ti”, en toda mi vida, hasta mi adultez, pero desgraciadamente esa bella frase tan reconfortante y esperada de los padres hacia sus hijos, llegó a mí en un contexto muy distinto al que creí, en vez de hacerme sentir bien y alentarme, despertó un enorme coraje acompañado de impotencia, habían pasado 5 años desde que te fuiste y nos cambiaste por tu nueva familia.
Con tanto tiempo de no verte, había aprendido muchísimas cosas de adulto por mi cuenta, cosas que se supone, tú debiste estar ahí para enseñarme. No sabía que cada que decías tu frase “un hombre en la vida tiene que saber de todo” era porque me abandonarías a los 16 años y tendría que arreglármelas solo. Tomar el rol del hombre de la casa siendo menor de edad y sin un padre que lo guíe, fue difícil, y aún así lo hice, tratando de convertir el caos que habías dejado, en un nuevo hogar donde abunde lo que nunca tuve de ti, para mis hermanos, estar para ellos siempre que lo necesiten. Ser esa mano de apoyo emocional e incondicional donde puedan venir, sin ocultarse ni fingir ser alguien que no son en realidad por temor a ser juzgados. Vivir sin violencia, sin prejuicios y lo más importante sin miedo a ser ellos mismos.