Hasta que te conocí
Capítulo 1: Buscando
Aún recuerdo la vez que gané el primer lugar en un concurso de oratoria en la primaria. Un maestro notó mi habilidad para hablar en público y me propuso competir. Pasé horas memorizando hojas llenas de texto y movimientos corporales para poder ganar. Lo logré y fui seleccionado como el mejor en esa disciplina de toda la escuela.
Pasé a competir contra todas las escuelas de la región. Ahí me tuve que esforzar el doble, ya que mis contrincantes eran muchos y de mayor edad. Aun así, gané el segundo lugar.
Al finalizar la competencia, le pedí prestado su teléfono a mi profesor porque quise llamarte. Eufórico, te llamé y te conté mi gran hazaña. Tú solo respondiste:
—Qué bueno, estoy ocupado.
Y colgaste.
Llegué a casa aún emocionado. Fui directo a contarte todo, pero ni siquiera te tomaste el tiempo de escucharme o de ver mi diploma.
Para quinto de primaria desarrollé un gusto por la cocina. Aprendí a hacer cosas básicas con ayuda de mi madre y mi abuela. Recordé unos tamales muy peculiares, de color rosa, que había probado en algún lugar del sur de México que ahora mismo no recuerdo. Los hice solo y los compartí con mis compañeros de clase. Al contarte, tu reacción fue asociarlo con una conducta femenina.
De nuevo, buscando un nuevo aprendizaje, aprendí a tejer y coser, pero tu respuesta fue la misma: lo asociaste con algo femenino y me prohibiste volver a hacerlo.
Al escuchar esto, opté por aprender algo un poco más “varonil”. Te pedí que me metieras a una escuela de artes marciales. Accediste muy emocionado, pero no te duró mucho el gusto cuando te diste cuenta de que no era bueno para pelear. Así que me sacaste de esa escuela, diciéndole a todos que yo no aguantaba los chingazos.
Cada aprendizaje obtenido era un claro recordatorio de que tu primogénito tenía facilidad para aprender, algo que, cegado por los prejuicios, ignorabas.
Jamás llegué a casa con malas calificaciones y, aun así, notaba una indiferencia de tu parte hacia mí. Mientras los demás niños de mi edad recibían reportes por peleas, yo seguía recibiendo invitaciones para participar en asambleas con números de poesía, canto y concursos de oratoria.
«¿Qué me falta?»
Cada oportunidad que tenía para aprender algo que te impresionara, la tomaba, porque yo veía a un padre exitoso y proveedor y quería ser como él. Todo el esfuerzo que hice para que te sintieras orgulloso de todo lo que aprendí fue en vano.
Las palabras «qué asco», dichas mientras me veías a los ojos, fueron las más punzantes que he recibido. Esas dos palabras entraron por mis oídos y aterrizaron directamente en mi corazón. Provocaron un estruendo en mi alma que dejó una huella imborrable hasta el día de hoy.
Cada vez que mi madre se desahogaba conmigo, contándome sobre tus infidelidades hacia ella e incluso hacia tu nueva esposa, y sobre las cosas que hacías con tus trabajadoras, un golpe más caía sobre la figura de padre ejemplar que tenía de ti.
En el momento en que ya no quedó nada de aquella figura, esas dos palabras que me traumatizaron dieron la vuelta y se convirtieron en mi pensamiento sobre ti. La única diferencia era que yo jamás te lo habría dicho de esa manera.
Justo ahí, mientras tú me desconocías, yo te empezaba a conocer.
Capítulo 2: Descubriendo
Por mi parte, fue decepcionante darme cuenta de que la persona que me reprendía y profesaba valores, en realidad, no los aplicaba.
«¿De qué te sirve dar tantos sermones si no los vas a seguir tú?»
Era algo que siempre pensaba, pero nunca decía por miedo a un nuevo golpe.
Siempre fuiste algo violento; tu simple presencia inundaba de miedo cada habitación. Un enojo tuyo bastaba para que las sillas del comedor se hicieran añicos.
Tal vez eras un poco narcisista. Cada vez que alguien contradecía alguna de tus decisiones, tu respuesta era una bofetada.
En un mismo rato pasábamos de estar viendo televisión juntos a que me dejaras marcas con tu cinturón.
La imagen que tenía de ti como padre era la de alguien violento, exigente y cariñoso.
Hasta que, conforme fui creciendo, fui descubriendo más de tu ser.
Capítulo 3: Aceptando
Jamás había escuchado un «estoy orgulloso de ti» en lo que llevaba de existencia, hasta llegar a la adultez.
Pero, desgraciadamente, esa bella frase, tan reconfortante y esperada de los padres hacia sus hijos, llegó a mí en un contexto muy distinto al que había imaginado. En vez de hacerme sentir bien y alentarme, despertó en mí un enorme coraje acompañado de impotencia.
Habían pasado cinco años desde que te fuiste y nos cambiaste por tu nueva familia.
Con tanto tiempo sin verte, había aprendido muchísimas cosas de adulto por mi cuenta, cosas que se supone que tú debiste estar ahí para enseñarme.
No sabía que, cada vez que decías tu frase «un hombre en la vida tiene que saber de todo», era porque me abandonarías y tendría que arreglármelas solo.
Tomar el rol del hombre de la casa sin un padre que me guiara fue difícil y, aun así, lo hice, tratando de convertir el caos que habías dejado en un nuevo hogar donde abundara todo lo que nunca tuve de ti.
