No Éramos Perfectos, pero Éramos…


Gymnopedie No 1 (reproduce para acompañar)
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Capítulo 1: Hortensias blancas

Entré y sentí la iluminación blanca lastimando mis ojos. El silencio me sumergió en un mar de incomodidad y, sin previo aviso, los dos cenotes de mi rostro se llenaron de agua.

Nunca me acostumbré a visitar lugares donde parece que no hay más que esas luces blancas, casi cegadoras; pasillos infinitos llenos de puertas y un papel colgado encima con la información de su interior.

Para mis padres, los hospitales no eran lo suyo. Cada vez que alguien de la familia enfermaba, acudían a una clínica particular. Solo tres veces fui a un hospital, tres veces sin ser yo el paciente.

Estas paredes y las camillas pasando a mi lado me traen recuerdos demasiado claros.

Mi madre saliendo de su habitación en silla de ruedas, con mi hermano prematuro en brazos; mi padre cargándome para conocer a mi nuevo acompañante de habitación.

Solo una familia siendo eso: una familia.

Capítulo 2: Rosas rojas marchitas

Recientemente enfermé y tuve que ir a un lugar parecido. Mi simple presencia dentro del lugar hizo que de mis ojos brotaran lágrimas apresuradas.

Agaché la cabeza, con el cabello cubriendo mi rostro, y le grité a mi mente, que intentaba quedarse atrapada en aquel momento de mi vida en el que todavía era parte de algo.

El médico me interrumpió y regresé al presente. Con su voz de fondo, explicándome cómo debía tomar mi medicamento, intenté darle sentido a lo que acababa de pasar en la sala de espera.

Mi cuerpo había tenido un momento de independencia.

Regresé a casa a las doce de la noche. Tomé una ducha con música de fondo, salí al jardín y me fumé un cigarro sentado en el filo del escalón de la puerta principal.

Mientras el cigarro se consumía, observaba mi patio lleno de plantas, las luces cálidas que puse y a mis gatos descansando entre las macetas. Miraba el lugar donde solíamos celebrar mis fiestas de cumpleaños.

De nuevo, mi cuerpo reaccionó sin previo aviso.

Ahora, en el piso, no solo caían cenizas, sino también pequeñas gotas saladas que resbalaban desde mi mandíbula.

De pronto, la niebla se hizo presente, acompañada de nostalgia.

De entre la espesa humedad apareció mi padre, cargando sillas y mesas pequeñas. A su lado estaba yo: un Ricardo que todavía no conocía los resultados del prejuicio ni el peso de las miradas.

Después salió mi madre con comida y la colocó sobre la mesa que teníamos en el patio especialmente para festejar mi cumpleaños.

Levanté la mirada, impresionado, e intenté hablarles. Solté el cigarro a medio terminar y me acerqué para que me vieran.

El recuerdo, casi palpable, de mis padres juntos me heló la sangre.

Al intentar tocarlos, se esfumaron como las cenizas de mi cigarro.

Me tropecé con una maceta y volví al presente.

Sin mesa con comida.

Sin decoraciones.

Sin ellos juntos.

Solo oscuridad, plantas marchitándose por falta de manos suaves que las cuidaran y yo, con olor a cigarro.

Capítulo 3: Claveles rosados

Aún conservo nuestras fotos juntos, fotos que me transportan a aquellos días en los que lo único que importaba era disfrutar el viaje, ir juntos a lugares turísticos y descansar en un cómodo hotel.

Todavía puedo sentir el olor de esos días: una mezcla de melancolía, sábanas limpias y notas amaderadas.

Recuerdo cómo era cada viaje por carretera: música de Sonido Master en la radio, mi madre y mis hermanos dormidos en los asientos traseros de la camioneta y yo haciendo de copiloto junto a él.

Recargado en la ventana, veía las montañas pasar tan rápido como nuestros días juntos.

En cada viaje siempre paraba en una tienda y compraba una Pepsi Kick y unos Pingüinos.

—Para mantenerme despierto —decía él.

Son tan nítidos mis recuerdos que me aterra perderlos. Me aterra olvidar que fuimos una familia, o que alguna vez la tuve…

Así que los atesoro en mi memoria mortal y los inmortalizaré justo aquí, en lo que sujetas con las manos, querido lector.

Capítulo 4: Bugambilias espinosas

¿En qué maldito momento terminó todo?

¿Cómo pasé de tener una familia a estar sentado solo, exactamente en el mismo lugar donde todo pasó?

¿Cómo pasé a no saber nada de mi padre durante meses y a no verlo desde hace más de seis años?

¿Cuándo fue la última vez que platiqué con mi madre o que nos desvelamos viendo nuestra serie favorita?

Veinte años llevo enterrado en este sueño lúcido llamado realidad.

No éramos la familia perfecta, lo sabíamos. Nuestra relación siempre fue como subir a un elevador y presionar todos los botones al azar, pero éramos algo.

Algo más que un simple contacto en el teléfono.

Sí, nuestra sangre es la misma y lo seguirá siendo hasta la muerte, pero esta sangre ahora se siente tan extraña.

Sé que están a un mensaje de distancia, a un simple par de movimientos de los dedos, pero para que ese mensaje llegue tiene que atravesar un muro construido con dolor y decepción.

Un muro donde cada piedra es un golpe, una mirada de asco, un trato indiferente.

Cada piedra hace más fuerte ese muro emocional que me protege.

Capítulo 5: Crisantemos blancos

Por si algún día llegan a leer esto:

Papá, me quemas el corazón. Nunca pudiste verme más allá de tus prejuicios. Todo lo que alguna vez hiciste es nada comparado con lo mucho que te extraño.

No te voy a recordar tus actos porque ya no hay nada que reprochar. Perdonarte fue un proceso más lento que una carrera de tortugas, pero finalmente pude lograrlo.

Sin embargo, no te quiero ver.

Mamá, solo escribir esto me rompe frente al lápiz y al papel. Eras todo en mi vida: mi mejor amiga, mi maestra de moral, mi día a día.

Siempre fuiste una supermamá. Solamente tú sabes por qué digo específicamente eso.

Alejarme de ti y fingir que no existías, incluso cuando pasabas a un lado mío, siempre será una de las cosas más desgarradoras de mi vida.

Tal vez pienses que lo hacía desde el coraje, pero la realidad es que cada vez agonizaba por dentro al querer abrazarte.

Pero es algo que tuve que hacer si quería calmar los horribles ataques de ansiedad que vivía a diario.

Aún te amo, pero por ahora te quiero lejos.

Los dos tienen algo en común: miles de oportunidades desperdiciadas, decenas de veces pidiéndoles tiempo juntos, palabras que fueron ignoradas sin darse cuenta de lo rápido que se va la vida, sin pensar cuándo será la última vez para todo.

Ahora los necesito.

Mis brazos los necesitan.

Las fotos familiares en mi galería los necesitan.

¿Por qué?

Porque no existen.

Lo único que me queda por hacer es mirar mis fotos de pequeño, acompañado de ustedes dos, y, desde muy en el fondo, preguntarme…

¿Cuándo fue la última vez?

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