Ahí va el Maricón!!!
Sentado en la humedad de un inodoro, entre cuatro paredes rayadas por la tinta de plumones, desenvolví mi lonche y empecé a comer mientras lágrimas caían sobre el pan.
Cada día, al llegar a la escuela, antes de entrar a clases me sentaba en una mesa de concreto color azul frente a la dirección. Estaba algo despintada; ese azul marino se caía con el susurro del aire y dejaba ver las capas de pintura antigua donde tal vez alguien igual a mí se había sentado antes. Había hasta musgo creciendo sobre una de sus patas, pero era lo más cercano a estar a salvo.
Al salir al receso, era como un ciervo en el bosque buscando no llamar la atención. Solo salía a comer y ansiaba la hora de regresar. Pero, aunque había memorizado sus puntos de reunión, eran impredecibles. Los “grandes” siempre me encontraban.
Mi mente nublada, mi cuerpo frío cada día que corría hacia los baños para encerrarme y comer tranquilo. Ellos no me hacían correr hacia ese lugar; era mi juicio el que se creía cada palabra, palabras que no comprendía.
Era extraño. Sabía que aquellos gritos eran ofensivos al escuchar las risas a mi alrededor, las miradas apuntando hacia mí. Pero no sabía realmente de qué me tenía que sentir mal.
«¿Mi cara? ¿Mi cuerpo?», me preguntaba mientras sentía cada mirada como una aguja caliente en la piel.
Mi mente pasaba de pregunta en pregunta, y no me daba cuenta de que la respuesta jamás existió.
Llegando a casa, mi cara decía “todo está bien”, pero detrás el miedo me tenía amenazado.
«Si les digo, tal vez ellos también me vean así», pensaba.
Con el tiempo la tolerancia fue haciendo callo. Salía al recreo y, cuando volvían los insultos, ahora eran insultos que no tenía sentido escuchar si ni siquiera sabía lo que significaban.
De pronto, sentado en una banqueta sucia con un avioncito dibujado con gis color rosa, a mi lado escuché:
—¿Estás comiendo solo?
Volteé y vi a una de mis compañeras de clase acercarse a mí.
—Sí —le dije—. Es que los otros niños me molestan.
—No les hagas caso, son unos tontos —dijo ella extendiendo su mano hacia mí—. Ven, come con nosotras, así ya no te molestarán.
Y así, sin buscarlo, encontré mi primer refugio.
