Un Frasco de Café
Hay varias cosas en las que nos parecemos mamá y yo, una de ellas es nuestro amor por el café, no importaba la hora ni la estación del año, no había día que no la vieras sentada en el comedor con su taza de café en mano, a veces de cafetera, instantáneo, o de olla, pero siempre prefería café antes que cualquier bebida. Era tanto su gusto por el café, que incluso en un cumpleaños, mi padre llegando a casa le regaló un bote de café grandísimo, recuerdo que mamá siempre veía ese bote de café cuando íbamos a surtir la despensa, decía que era demasiado caro para comprarlo, pero cuando papá se lo regaló, brincó de emoción, pensaba en cuántas tazas se podría preparar con ese enorme y pesado bote, y era verdad, duró muchísimo ese bote de café. Siempre había café en casa, era algo característico en ella.
Cuando mi padre se fue de la casa, ella empezó a tomar aún más café, como una forma de refugiarse en la amargura de una taza de café caliente para acompañar el duelo. Conforme fui creciendo, agarré el gusto a tomar café, me hice cómplice de ese amor por aquella bebida, cada mañana bajaba a desayunar con ella y nuestras tazas de café ya estaban listas, siempre le decía que ella me lo preparara por que yo aún no aprendía, y le quedaba riquísimo el café que ella me hacía.
Pasando el tiempo aprendí a prepararlo a mi gusto, ahora era yo quien invitaba a tomar café a aquella mujer que siempre sabía cuando yo necesitaba uno. Nunca me preocupaba por comprar café, estaba acostumbrado que en la alacena había y hasta para elegir, era como si el frasco se regenera cada vez que se terminaba, pero, en realidad era ella, un sutil acto de presencia con un significado enorme.
En medio de todo el caos, trataba de fingir que nada pasaba, que todo estaba bien, pensar en el asunto era despertar un sin fin de pensamientos intrusivos que terminaban en ataques de ansiedad, por esta razón, me encerré en una burbuja ocupando mi mente el mayor tiempo posible evitando la realidad. Sin embargo, la realidad es como la luz del amanecer colándose por las rendijas: por mucho que aprietes los párpados, el día ya ha comenzado y no hay forma de volver al sueño
Meses después, bajando las escaleras del segundo piso, le dije a mi hermana —oye, ponme agua a calentar para hacerme un café porfa—, ella ni siquiera me miró —No hay…—, negando su respuesta, fui a la alacena a buscar el frasco de café que pensé obviamente encontrar, creyendo solo era mi hermana que no había buscado bien o tal vez era una mentira para no hacerlo, pero no… Al revisar, ella reafirmó lo antes dicho —Ni busques, ya no hay café—.
La alacena no me devolvió el reflejo del vidrio, sino un espacio hueco que olía a madera vieja y abandono, la ausencia de mi madre en casa era innegable, su ausencia no era física, era espiritual: el frasco ahora habitaba otra cocina, y con él, se había llevado el alma de nuestra mesa, sentí un enorme vacío dentro de mi, que me fue imposible contener las lágrimas, mis hermanos me preguntaron el por qué de mi llanto, ellos por su corta edad no entendían la magnitud de lo que sentía en ese momento, solo les dije que no pasaba nada.
Con la verdad aún atravesada en la garganta, compré un frasco de café para llenar la ausencia. Lo puse en su lugar de siempre como quien enciende una lámpara en la oscuridad. Entendí que mantener el hogar a salvo era ahora mi responsabilidad. Mis hermanos quizá nunca abran ese frasco, pero el simple hecho de verlo ahí les dirá que aquí, en esta mesa, todavía hay alguien que cuida de ellos.